Hoy decido rescatar este blog caracterizado por articulos bastante negros y transformar un poco las cosas. Hace dos años, cuando comencé a escribirlo lo veía todo en blanco y negro. Me ha costado bastante tiempo descubrir que todo no tiene porque ser tan lúgubre.
Pronto empezaré mi segunda carrera y estoy contenta. No es que mi vida sea un camino de rosas pero creo que por fin las cosas comienzan a ir bien. Atrás quedan muchos momentos malos, decepciones, pérdidas e incluso familiares pero hay quew aceptar las cosas como vienen y aceptar la voluntad ajena aunque a veces no lo entiendas.
En fin, este salmón de nadar obcecado sigue su firme decisión de nadar contra corriente y cumplir sus sueños... y cada vez estoy más cerca...
martes, 3 de agosto de 2010
martes, 15 de enero de 2008
UN SALMÓN DE NADAR OBCECADO
La arbitrariedad de tus semejantes te provoca una profunda desazón. Debes ser como todos te dictan… sino serás un paria social. Padres, amigos, conocidos… se dedican a infundirte normas de conducta constantemente. Lo que ellos no advierten, es que no estas capacitado para seguir los dogmas de fe que tan ansiosamente te inculcan.
Tu incapacidad no reside en tu voluntad… son tus impulsos los que te convierten en alguien sin capacidad para seguir las normas, los horarios o cualquier actividad que te implique seguir un orden impuesto por alguien, ya sea cercano o ajeno.
No entiendes porque te ocurre. Sabes que lo que vas a hacer está mal, que es una estupidez, que no te conducirá a nada bueno… sino… a un gran error… y sin embargo, tienes que llevarlo a cabo. Te sientes imantado… irremediablemente enganchado hacia aquello que te censuran.
Eres plenamente consciente de lo que has de hacer y no te importa lo más mínimo… porque actuar al contrario de lo que tu prójimo desea, te produce ese éxtasis… ese impulso eléctrico de excitación que traspasa tu cuerpo y tu mente… como un gran rayo en una noche de tormenta.
Siempre has sabido que no querías ser tal y como otros te dictan, sean quienes sean. Lo prohibido te atrae sobremanera, lo cuál se debe a tu adicción por destruir todo límite que estorbe tu evolución personal.
Este comportamiento rara vez te beneficia, aunque… en ocasiones este modo de proceder… te salva de cometer gilipolleces durante un tiempo. Absurdos de los que tu prójimo se siente orgulloso. Aún recuerdo como mis compañeros de colegio se obsesionaron con lograr que fumase. Tenía doce años y soporte mucho. La situación se alargó hasta mis diecisiete años. Me gustaba ser diferente, me negaba en rotundo a dejarme manipular por nadie. Claro que odiaba esa tontería de “prohibido fumar hasta los dieciocho” así que empecé a fumar trece días antes de la mayoría de edad. E aquí uno de los fallos que este modo de ser te instiga a cometer.
No puedes evitar nadar contra corriente, es tu naturaleza… un salmón que remonta a fuerza de dolor y esfuerzo el interminable río de la vida. Eres un rebelde.
Tu incapacidad no reside en tu voluntad… son tus impulsos los que te convierten en alguien sin capacidad para seguir las normas, los horarios o cualquier actividad que te implique seguir un orden impuesto por alguien, ya sea cercano o ajeno.
No entiendes porque te ocurre. Sabes que lo que vas a hacer está mal, que es una estupidez, que no te conducirá a nada bueno… sino… a un gran error… y sin embargo, tienes que llevarlo a cabo. Te sientes imantado… irremediablemente enganchado hacia aquello que te censuran.
Eres plenamente consciente de lo que has de hacer y no te importa lo más mínimo… porque actuar al contrario de lo que tu prójimo desea, te produce ese éxtasis… ese impulso eléctrico de excitación que traspasa tu cuerpo y tu mente… como un gran rayo en una noche de tormenta.
Siempre has sabido que no querías ser tal y como otros te dictan, sean quienes sean. Lo prohibido te atrae sobremanera, lo cuál se debe a tu adicción por destruir todo límite que estorbe tu evolución personal.
Este comportamiento rara vez te beneficia, aunque… en ocasiones este modo de proceder… te salva de cometer gilipolleces durante un tiempo. Absurdos de los que tu prójimo se siente orgulloso. Aún recuerdo como mis compañeros de colegio se obsesionaron con lograr que fumase. Tenía doce años y soporte mucho. La situación se alargó hasta mis diecisiete años. Me gustaba ser diferente, me negaba en rotundo a dejarme manipular por nadie. Claro que odiaba esa tontería de “prohibido fumar hasta los dieciocho” así que empecé a fumar trece días antes de la mayoría de edad. E aquí uno de los fallos que este modo de ser te instiga a cometer.
No puedes evitar nadar contra corriente, es tu naturaleza… un salmón que remonta a fuerza de dolor y esfuerzo el interminable río de la vida. Eres un rebelde.
Una jornada movidita.
El pasado jueves 10 de enero de 2008 pase los minutos más agónicos de mi vida en lo que iba a ser una actividad para recordar. Amanecí con una ansiedad desbordante… tenia que defender un país.
Me explicaré… Aquel día mis compañeros de clase y yo teníamos que escenificar un simulacro del Consejo de las Naciones Unidas para la asignatura de Relaciones Internacionales. Cada grupo de dos o tres alumnos defendía a uno de los estados miembros en el problema del programa nuclear de la República Popular Democrática de Corea del Norte . Yo protegía los intereses de Ghana, la nación con el Oscar a la mayor pobreza en todo el territorio mundial.
A las tres de la tarde no podía hacer nada, mis manos temblaban tanto que ni siquiera podía teclear en el ordenador, sostener un vaso de agua o pintarme los ojos para la ponencia que se aproximaba provocándome una angustia solo comparable a la producida por un examen final de química de segundo de bachillerato. Correteaba por toda la casa, dando vueltas de aquí para allá. Me golpeé dos veces en la misma rodilla, me lleve por delante el toallero del baño, me comí toda la casa… en fin… un desastre.
Cuando al fin conseguí vestirme con lo primero que pillé que no rompiese el protocolo me dispuse a salir de casa. Para una chica que ama los vaqueros dos tallas más grandes sobre todas las cosas enfundarse un vestido de noche negro con un jersey del mismo tono por debajo y unas medias a juego es… ¿cómo lo diría finamente…? Un suplicio. Cuando entre en el autobús y pedí un billete el conductor me preguntó… ¿ vas a la universidad? ¡Genial… aún no me sentía suficientemente marciana… Gracias!
Al llegar junto a mis compañeros me sentí aliviada, todos estaban muy bien vestidos, elegantes. Nadie vestía de sport. Además la ropa negra siempre me ha hecho sentir fuerte, llena de confianza y ese día podía lucir el estilo gótico de mi interior de una manera discreta. Claro que… ni siquiera eso me salvó de esa situación.
Todos sentados en el intimidatorio paraninfo de la facultad de Medicina esperábamos a que el teatrillo comenzara. Mi pulso no era precisamente el ideal para robar panderetas, a duras penas soportaba mi propia respiración, mi piel chorreaba… solo con el río que fluía de mis manos podría acabar con el problema de la sequía en medio mundo. Tania y Alaina…con quienes formaba equipo… trataban de tranquilizarme con el clásico… no pasa nada… va a salir bien. Ambas fueron encantadoras.
Colocadas las diversas delegaciones nacionales por orden alfabético… el Consejo del terror dio comienzo. La cosa iba bien, mis compadres se sucedían en perfectas intervenciones hasta que el dichoso micrófono empezó a causar estragos en forma de eco.
Me llegó el turno de hablar… una voz digna de un taciturno sacerdote oficiando un solemne funeral brotó de mis labios. Mi mano derecha sufría un episodio agudo de Parquinson mientras sostenía el primer micrófono vibrador de la historia del Periodismo. Leí un discurso interminable de tres minutos que me parecieron ocho días con sus respectivas noches y sudando respiré aliviada… se acabó- pensé.
Pero el turno de replica me esperaba como el fatal desenlace de una hora de tensión extrema. Corea del Norte, Estados Unidos y Rusia discutían una solución beneficiosa para la colectividad en el conflicto coreano. Francia actuaba de mediador, el resto de países parecíamos invisibles.
Al fin por iniciativa del resto de mi delegación me decidí a expresar el parecer de Ghana en aquel inmenso anfiteatro de madera que se asemejaba al Congreso de los Diputados. Los nervios me volvieron a jugar una mala pasada y nombré exactamente al territorio que había pensado no mencionar justo antes. No hay duda de que mi naturaleza tímida no era muy compatible con las cámaras que me enfocaban.
El acto concluyó y el grupo entero nos hicimos una foto con nuestra profesora Leire. El ambiente se volvió distendido. Aquella hora fue muy positiva, interesante, emocionante a más no poder y una experiencia inolvidable. Desde luego, debe repetirse.
Aunque esta práctica de la oratoria era necesaria porque las aptitudes ante los objetivos son vitales en nuestra futura profesión… hay que entender que es difícil para unos chiquillos controlar la intimidación que producen los mismos. En mi caso el diagnostico es… un aplastante miedo escénico.
Me explicaré… Aquel día mis compañeros de clase y yo teníamos que escenificar un simulacro del Consejo de las Naciones Unidas para la asignatura de Relaciones Internacionales. Cada grupo de dos o tres alumnos defendía a uno de los estados miembros en el problema del programa nuclear de la República Popular Democrática de Corea del Norte . Yo protegía los intereses de Ghana, la nación con el Oscar a la mayor pobreza en todo el territorio mundial.
A las tres de la tarde no podía hacer nada, mis manos temblaban tanto que ni siquiera podía teclear en el ordenador, sostener un vaso de agua o pintarme los ojos para la ponencia que se aproximaba provocándome una angustia solo comparable a la producida por un examen final de química de segundo de bachillerato. Correteaba por toda la casa, dando vueltas de aquí para allá. Me golpeé dos veces en la misma rodilla, me lleve por delante el toallero del baño, me comí toda la casa… en fin… un desastre.
Cuando al fin conseguí vestirme con lo primero que pillé que no rompiese el protocolo me dispuse a salir de casa. Para una chica que ama los vaqueros dos tallas más grandes sobre todas las cosas enfundarse un vestido de noche negro con un jersey del mismo tono por debajo y unas medias a juego es… ¿cómo lo diría finamente…? Un suplicio. Cuando entre en el autobús y pedí un billete el conductor me preguntó… ¿ vas a la universidad? ¡Genial… aún no me sentía suficientemente marciana… Gracias!
Al llegar junto a mis compañeros me sentí aliviada, todos estaban muy bien vestidos, elegantes. Nadie vestía de sport. Además la ropa negra siempre me ha hecho sentir fuerte, llena de confianza y ese día podía lucir el estilo gótico de mi interior de una manera discreta. Claro que… ni siquiera eso me salvó de esa situación.
Todos sentados en el intimidatorio paraninfo de la facultad de Medicina esperábamos a que el teatrillo comenzara. Mi pulso no era precisamente el ideal para robar panderetas, a duras penas soportaba mi propia respiración, mi piel chorreaba… solo con el río que fluía de mis manos podría acabar con el problema de la sequía en medio mundo. Tania y Alaina…con quienes formaba equipo… trataban de tranquilizarme con el clásico… no pasa nada… va a salir bien. Ambas fueron encantadoras.
Colocadas las diversas delegaciones nacionales por orden alfabético… el Consejo del terror dio comienzo. La cosa iba bien, mis compadres se sucedían en perfectas intervenciones hasta que el dichoso micrófono empezó a causar estragos en forma de eco.
Me llegó el turno de hablar… una voz digna de un taciturno sacerdote oficiando un solemne funeral brotó de mis labios. Mi mano derecha sufría un episodio agudo de Parquinson mientras sostenía el primer micrófono vibrador de la historia del Periodismo. Leí un discurso interminable de tres minutos que me parecieron ocho días con sus respectivas noches y sudando respiré aliviada… se acabó- pensé.
Pero el turno de replica me esperaba como el fatal desenlace de una hora de tensión extrema. Corea del Norte, Estados Unidos y Rusia discutían una solución beneficiosa para la colectividad en el conflicto coreano. Francia actuaba de mediador, el resto de países parecíamos invisibles.
Al fin por iniciativa del resto de mi delegación me decidí a expresar el parecer de Ghana en aquel inmenso anfiteatro de madera que se asemejaba al Congreso de los Diputados. Los nervios me volvieron a jugar una mala pasada y nombré exactamente al territorio que había pensado no mencionar justo antes. No hay duda de que mi naturaleza tímida no era muy compatible con las cámaras que me enfocaban.
El acto concluyó y el grupo entero nos hicimos una foto con nuestra profesora Leire. El ambiente se volvió distendido. Aquella hora fue muy positiva, interesante, emocionante a más no poder y una experiencia inolvidable. Desde luego, debe repetirse.
Aunque esta práctica de la oratoria era necesaria porque las aptitudes ante los objetivos son vitales en nuestra futura profesión… hay que entender que es difícil para unos chiquillos controlar la intimidación que producen los mismos. En mi caso el diagnostico es… un aplastante miedo escénico.
La ley de Talión.
La liberación del último condenado a muerte, Kenneth Richey, recuerda a los pobladores del globo terráqueo la existencia de la barbarie, aún vigente en múltiples lugares del territorio mundial.
¿Dónde queda la justicia en estados como Ohio? ¿Qué hay de la reinserción? Todo ser humano tiene derecho a la vida. Sin embargo, un juez puede asesinarte por el poder que le otorga cinco años de carrera. La mencionada decisión se sustenta también, en el parecer de un grupo de personas llamado jurado… al que no has visto en tu vida. ¡Y que a este teatro se le confiera el nombre de Justicia!
No hay duda de que en España todavía persiste cierta flaqueza ante el crimen. Muchos asesinos… culpables de muertes horribles… vuelan a la calle en tres días amparados en la benevolencia de nuestro sistema judicial. Innumerables son los cadáveres que yacen pudriéndose bajo tierra sin que se les halla podido hacer justicia. Pero… entre la impunidad y la ejecución ha de existir un término medio.
Dicho término medio es la cadena perpetua, cumplida como su propio nombre indica. Los violadores, asesinos, maltratadotes, psicópatas, etc.… merecen postergar su vejez privados de libertad en una prisión sin la más mínima esperanza de coexistir entre los restantes miembros de la sociedad. Se lo han ganado, han arrancado de raíz el aliento vital de un semejante o han marcado a su prójimo para siempre… por ello, debe caer sobre sus espaldas el peso de la ley, como una inmensa cruz que arrastrarán hasta su expiración. Deben expiar su pecado. Aislados y relegados a la nada, no se mezclarán jamás con la gente de bien. Su castigo es proporcional a la falta cometida. La arbitrariedad que mostraron en sus hechos delictivos, aplastará ahora sus conciencias para siempre… mientras dan vueltas entre rejas.
Los que dictan muerte para otros no son muy distintos a aquellos que sesgan vidas humanas por capricho. Cortar las plumas del águila es una medida suficiente para privarla del vuelo… matarla sólo pone al cazador a una altura similar a la del cazado.
La condena a muerte es algo primitivo, que atenta contra los Derechos Humanos… por lo que su abolición constituye una necesidad para cualquier ciudadano mundial. En el siglo XXI la ley de la selva no procede y su uso es inaudito en cualquier tierra que aspire a caminar hacia el progreso. El ojo por ojo… la ley de Talión son totalmente ilícitos.
¿Dónde queda la justicia en estados como Ohio? ¿Qué hay de la reinserción? Todo ser humano tiene derecho a la vida. Sin embargo, un juez puede asesinarte por el poder que le otorga cinco años de carrera. La mencionada decisión se sustenta también, en el parecer de un grupo de personas llamado jurado… al que no has visto en tu vida. ¡Y que a este teatro se le confiera el nombre de Justicia!
No hay duda de que en España todavía persiste cierta flaqueza ante el crimen. Muchos asesinos… culpables de muertes horribles… vuelan a la calle en tres días amparados en la benevolencia de nuestro sistema judicial. Innumerables son los cadáveres que yacen pudriéndose bajo tierra sin que se les halla podido hacer justicia. Pero… entre la impunidad y la ejecución ha de existir un término medio.
Dicho término medio es la cadena perpetua, cumplida como su propio nombre indica. Los violadores, asesinos, maltratadotes, psicópatas, etc.… merecen postergar su vejez privados de libertad en una prisión sin la más mínima esperanza de coexistir entre los restantes miembros de la sociedad. Se lo han ganado, han arrancado de raíz el aliento vital de un semejante o han marcado a su prójimo para siempre… por ello, debe caer sobre sus espaldas el peso de la ley, como una inmensa cruz que arrastrarán hasta su expiración. Deben expiar su pecado. Aislados y relegados a la nada, no se mezclarán jamás con la gente de bien. Su castigo es proporcional a la falta cometida. La arbitrariedad que mostraron en sus hechos delictivos, aplastará ahora sus conciencias para siempre… mientras dan vueltas entre rejas.
Los que dictan muerte para otros no son muy distintos a aquellos que sesgan vidas humanas por capricho. Cortar las plumas del águila es una medida suficiente para privarla del vuelo… matarla sólo pone al cazador a una altura similar a la del cazado.
La condena a muerte es algo primitivo, que atenta contra los Derechos Humanos… por lo que su abolición constituye una necesidad para cualquier ciudadano mundial. En el siglo XXI la ley de la selva no procede y su uso es inaudito en cualquier tierra que aspire a caminar hacia el progreso. El ojo por ojo… la ley de Talión son totalmente ilícitos.
¿Vileza o… sencilla determinación?
Era una niña de dieciséis años cuando le conocí. Hasta el momento yo no había estado enamorada de nadie y no pude prever lo que ocurriría. ¿Cómo iba a adivinar que un simple sí quiero supondría una condena eterna al tormento más cruel al que puede ser sometido un ser humano?
Al principio casi todo me parecía idílico. Vivía profundamente inmersa en un universo romántico… completamente ciega. Mi novio era muy celoso, me regañaba por el largo de mi falda. Sobre las rodillas… éste le parecía inadecuado… una tentativa para las miradas lujuriosas de otros hombres. La raya pintada en mis ojos le enfadaba sobremanera, en su opinión…llamaba demasiado la atención. Mis jerséis de escote v tampoco eran bien recibidos por mi enamorado que me obligaba a llevar suéteres con cuello alto. Comencé a ceder en lo que me parecían pequeñas tonterías. Me cela porque me ama demasiado-pensé.
Al lograr mi sumisión en estas cuestiones, mi fiel verdugo buscó empresas más ambiciosas. Pronto consiguió que todas mis amigas desapareciesen de mi lado por arte de magia. A él le sobraban mis amistades… únicamente deseaba pasar sus minutos conmigo… junto a mí… sin intromisiones. De nuevo accedí sin enterarme a sus deseos.
Al alcanzar la veintena empecé a notar que mi amado tenía demasiado apego hacia su madre. Aquella mujer me despreciaba, me envidiaba, aprovechaba cualquier ocasión para torturarme psicológicamente. Pensaba que yo pretendía arrebatarle a su hijito… me veía como un insecto al que aplastar. No había día que mi intento de acercamiento hacia ella no me fuese devuelto con su mejor humillación. Si la saludaba me ignoraba, si trataba de llevar una mínima conversación con ella… me apuñalaba con un comentario hiriente. Quería que fuese mi segunda madre… pero… frente a mi tenía a mi peor enemigo.
Cuando contrajimos matrimonio fue aún peor. Mi marido me trataba con una superioridad y una frialdad inhumanas. Lo único que quería de mi era mi servicio como empleada del hogar y el dinero fruto de mi trabajo que se evaporaba al posarse en sus manos. Yo asumía cada vez más responsabilidades esperando a que un buen día el supiese valorarme… nunca lo conseguí.
Nada de lo que yo fuese capaz de hacer poseía la medida ni la perfección que mi media naranja deseaba. Todo lo hacía mal.
Después de parir mis hijos en soledad, me vi aún con una responsabilidad mayor. S i nuestros niños cometían una fechoría… dicho comportamiento se debía a mi incompetencia en mi papel de madre.
No tarde en caer en una profunda depresión… con treinta años estaba convencida de que era una mierda, incapaz de hacer feliz a nadie, ni siquiera a mí misma. Aquel bastardo me redujo a la nada.
Al crecer mis hijos desperté de mi letargo. Mi situación no podía ser normal… no era posible vivir una vida deseando únicamente la muerte. Mis chicos me hicieron abrir los ojos… entender que esa serpiente me inoculo el veneno de la depresión en las venas con el sadismo propio de un psicópata.
Sin embargo… no fui yo quien lo abandono. Mi hijo menor no pudo seguir contemplando aquella humillación y en el ataque furibundo de una de nuestras discursiones diarias lo obligó a dejar este mundo… como se merecía… destazado como un cerdo.
Destrozó su vida para regalarme a mí una nueva. Jamás se arrepintió… para él lo que hizo era cumplir con su deber como hijo… algo inexcusable… la única salida. Juzguen ustedes al malo de mi historia… ¿Quien roba a un ladrón…?
Al principio casi todo me parecía idílico. Vivía profundamente inmersa en un universo romántico… completamente ciega. Mi novio era muy celoso, me regañaba por el largo de mi falda. Sobre las rodillas… éste le parecía inadecuado… una tentativa para las miradas lujuriosas de otros hombres. La raya pintada en mis ojos le enfadaba sobremanera, en su opinión…llamaba demasiado la atención. Mis jerséis de escote v tampoco eran bien recibidos por mi enamorado que me obligaba a llevar suéteres con cuello alto. Comencé a ceder en lo que me parecían pequeñas tonterías. Me cela porque me ama demasiado-pensé.
Al lograr mi sumisión en estas cuestiones, mi fiel verdugo buscó empresas más ambiciosas. Pronto consiguió que todas mis amigas desapareciesen de mi lado por arte de magia. A él le sobraban mis amistades… únicamente deseaba pasar sus minutos conmigo… junto a mí… sin intromisiones. De nuevo accedí sin enterarme a sus deseos.
Al alcanzar la veintena empecé a notar que mi amado tenía demasiado apego hacia su madre. Aquella mujer me despreciaba, me envidiaba, aprovechaba cualquier ocasión para torturarme psicológicamente. Pensaba que yo pretendía arrebatarle a su hijito… me veía como un insecto al que aplastar. No había día que mi intento de acercamiento hacia ella no me fuese devuelto con su mejor humillación. Si la saludaba me ignoraba, si trataba de llevar una mínima conversación con ella… me apuñalaba con un comentario hiriente. Quería que fuese mi segunda madre… pero… frente a mi tenía a mi peor enemigo.
Cuando contrajimos matrimonio fue aún peor. Mi marido me trataba con una superioridad y una frialdad inhumanas. Lo único que quería de mi era mi servicio como empleada del hogar y el dinero fruto de mi trabajo que se evaporaba al posarse en sus manos. Yo asumía cada vez más responsabilidades esperando a que un buen día el supiese valorarme… nunca lo conseguí.
Nada de lo que yo fuese capaz de hacer poseía la medida ni la perfección que mi media naranja deseaba. Todo lo hacía mal.
Después de parir mis hijos en soledad, me vi aún con una responsabilidad mayor. S i nuestros niños cometían una fechoría… dicho comportamiento se debía a mi incompetencia en mi papel de madre.
No tarde en caer en una profunda depresión… con treinta años estaba convencida de que era una mierda, incapaz de hacer feliz a nadie, ni siquiera a mí misma. Aquel bastardo me redujo a la nada.
Al crecer mis hijos desperté de mi letargo. Mi situación no podía ser normal… no era posible vivir una vida deseando únicamente la muerte. Mis chicos me hicieron abrir los ojos… entender que esa serpiente me inoculo el veneno de la depresión en las venas con el sadismo propio de un psicópata.
Sin embargo… no fui yo quien lo abandono. Mi hijo menor no pudo seguir contemplando aquella humillación y en el ataque furibundo de una de nuestras discursiones diarias lo obligó a dejar este mundo… como se merecía… destazado como un cerdo.
Destrozó su vida para regalarme a mí una nueva. Jamás se arrepintió… para él lo que hizo era cumplir con su deber como hijo… algo inexcusable… la única salida. Juzguen ustedes al malo de mi historia… ¿Quien roba a un ladrón…?
martes, 8 de enero de 2008
El desnudo fugaz de la tinta.
Melancolía de lo desconocido, confusión, defensa, tristeza, vacío, letargo. En coma tras el cristal, semi-muerta en una atmósfera gris oscura… casi negra. Las palabras no poseen significado alguno, mi espíritu fenecido ansía un estímulo… un haz de energía que le devuelva su ahora ausente impulso vital.
Cansancio profundo de una existencia insulsa… anodina… frágil. Impotencia total ante un entorno injusto que me produce un constante estremecimiento… una ira que se evade en ocasiones impune a todo control.
Sumida en una montaña rusa de emociones reprimidas… castigadas…sometidas… escondidas… sumergidas en el fondo de un inmenso mar de ironía. Anhelando la presencia de una felicidad que no contesta a mis continuas e incesantes llamadas.
Ignoro por completo la naturaleza de estos pensamientos, tal vez se deban a una atracción romántica de mi cerebro hacia las afecciones del alma humana… Bien pueden ser consecuencias de una sensibilidad que me niego a aceptar como propia… un interior quebradizo al que intento asesinar desde mi más tierna infancia. Juzguen ustedes mismos.
Sé muy bien que el dolor no es comercial, que muchas personas buscan pasar un buen rato con los escritos jocosos que son en los blogs amplia mayoría. Respeto estos trabajos y disfruto con los mismos… pero… esta vez… prefiero reivindicar mi derecho a transmitir lo que siento al mundo. Me arriesgo a redactar sin tapujos… dejando fluir caprichosamente la tinta de mi pluma.
Cansancio profundo de una existencia insulsa… anodina… frágil. Impotencia total ante un entorno injusto que me produce un constante estremecimiento… una ira que se evade en ocasiones impune a todo control.
Sumida en una montaña rusa de emociones reprimidas… castigadas…sometidas… escondidas… sumergidas en el fondo de un inmenso mar de ironía. Anhelando la presencia de una felicidad que no contesta a mis continuas e incesantes llamadas.
Ignoro por completo la naturaleza de estos pensamientos, tal vez se deban a una atracción romántica de mi cerebro hacia las afecciones del alma humana… Bien pueden ser consecuencias de una sensibilidad que me niego a aceptar como propia… un interior quebradizo al que intento asesinar desde mi más tierna infancia. Juzguen ustedes mismos.
Sé muy bien que el dolor no es comercial, que muchas personas buscan pasar un buen rato con los escritos jocosos que son en los blogs amplia mayoría. Respeto estos trabajos y disfruto con los mismos… pero… esta vez… prefiero reivindicar mi derecho a transmitir lo que siento al mundo. Me arriesgo a redactar sin tapujos… dejando fluir caprichosamente la tinta de mi pluma.
Un diabólico 29 de mayo
Mi memoria intenta retroceder… volver a aquella noche de un primaveral 29 de mayo de 1990… recordar como ocurrió.
En el salón de mi casa… mi hermano trataba de enseñarme como los tubos de su “Cheminova” se llenaban de líquidos de colores. Hacía mucho tiempo que no jugaba con ese juego y esa vez fue la última.
A mis cuatro añitos yo miraba maravillada como los fluidos mágicamente se desplazaban por aquellas cañerías de plástico. En la alfombra color grana descansaba un quemador de metal. Tenía dos rebordes y era redondo, en su centro una llamita resplandecía como un fatal destello que simbolizaba el fatuo destino que esperaba a mi familia.
La existencia del destino siempre ha sido algo que he mirado con gran escepticismo. Sin embargo, aquel día todo parecía responder a la voluntad del mismo. La lavadora nueva inundó la cocina trasladando a mis padres desde el salón en el que solían estar, hasta allí. Yo llevaba puesta una bata de pirineo que ya nunca me ponía. Esa prenda fue una antorcha excepcional. Mi hermano sintió el deseo de jugar con un aparatejo que había pasado a ser un trasto olvidado varios años atrás. Y para colmo una botella de colonia infantil de litro se cayó inexplicablemente…yendo a parar justamente sobre el mechero desde una elevada y lejana balda de la habitación.
El contacto del alcohol con la llama propició un inmediato lanzallamas que me alcanzó. El desesperado grito de mi hermano advirtió a mis padres que intentaban apagar el fuego que ascendía por aquella bata de pelillo. Esas lenguas del infierno ascendieron hasta mi pelo y me hicieron pasar unas vacaciones pagadas en la unidad de quemados del hospital de Cruces. Allí volví a nacer.
Los médicos mantuvieron una actitud inmejorable conmigo y mi familia. Con quemaduras de máximo de gravedad en el 16% de mis carnes y de primero y segundo grado en la cara y otras partes de mi cuerpo, abandoné Cruces para llevar a cabo una rehabilitación que me mantuvo anclada a una cama durante nueve meses. Unas mayas de presoterapia alemanas que me acompañaron durante doce años hicieron milagros con mis cicatrices.
A pesar de que esto hundió a mi familia y cambió levemente mi vida… he de reconocer que fue una experiencia más positiva que negativa para mí pues ha fortalecido mi carácter, me ha enseñado que se puede ser feliz siendo algo diferente. Todo ello... sin impedirme una infancia feliz.
En el salón de mi casa… mi hermano trataba de enseñarme como los tubos de su “Cheminova” se llenaban de líquidos de colores. Hacía mucho tiempo que no jugaba con ese juego y esa vez fue la última.
A mis cuatro añitos yo miraba maravillada como los fluidos mágicamente se desplazaban por aquellas cañerías de plástico. En la alfombra color grana descansaba un quemador de metal. Tenía dos rebordes y era redondo, en su centro una llamita resplandecía como un fatal destello que simbolizaba el fatuo destino que esperaba a mi familia.
La existencia del destino siempre ha sido algo que he mirado con gran escepticismo. Sin embargo, aquel día todo parecía responder a la voluntad del mismo. La lavadora nueva inundó la cocina trasladando a mis padres desde el salón en el que solían estar, hasta allí. Yo llevaba puesta una bata de pirineo que ya nunca me ponía. Esa prenda fue una antorcha excepcional. Mi hermano sintió el deseo de jugar con un aparatejo que había pasado a ser un trasto olvidado varios años atrás. Y para colmo una botella de colonia infantil de litro se cayó inexplicablemente…yendo a parar justamente sobre el mechero desde una elevada y lejana balda de la habitación.
El contacto del alcohol con la llama propició un inmediato lanzallamas que me alcanzó. El desesperado grito de mi hermano advirtió a mis padres que intentaban apagar el fuego que ascendía por aquella bata de pelillo. Esas lenguas del infierno ascendieron hasta mi pelo y me hicieron pasar unas vacaciones pagadas en la unidad de quemados del hospital de Cruces. Allí volví a nacer.
Los médicos mantuvieron una actitud inmejorable conmigo y mi familia. Con quemaduras de máximo de gravedad en el 16% de mis carnes y de primero y segundo grado en la cara y otras partes de mi cuerpo, abandoné Cruces para llevar a cabo una rehabilitación que me mantuvo anclada a una cama durante nueve meses. Unas mayas de presoterapia alemanas que me acompañaron durante doce años hicieron milagros con mis cicatrices.
A pesar de que esto hundió a mi familia y cambió levemente mi vida… he de reconocer que fue una experiencia más positiva que negativa para mí pues ha fortalecido mi carácter, me ha enseñado que se puede ser feliz siendo algo diferente. Todo ello... sin impedirme una infancia feliz.
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