martes, 15 de enero de 2008

¿Vileza o… sencilla determinación?

Era una niña de dieciséis años cuando le conocí. Hasta el momento yo no había estado enamorada de nadie y no pude prever lo que ocurriría. ¿Cómo iba a adivinar que un simple sí quiero supondría una condena eterna al tormento más cruel al que puede ser sometido un ser humano?

Al principio casi todo me parecía idílico. Vivía profundamente inmersa en un universo romántico… completamente ciega. Mi novio era muy celoso, me regañaba por el largo de mi falda. Sobre las rodillas… éste le parecía inadecuado… una tentativa para las miradas lujuriosas de otros hombres. La raya pintada en mis ojos le enfadaba sobremanera, en su opinión…llamaba demasiado la atención. Mis jerséis de escote v tampoco eran bien recibidos por mi enamorado que me obligaba a llevar suéteres con cuello alto. Comencé a ceder en lo que me parecían pequeñas tonterías. Me cela porque me ama demasiado-pensé.

Al lograr mi sumisión en estas cuestiones, mi fiel verdugo buscó empresas más ambiciosas. Pronto consiguió que todas mis amigas desapareciesen de mi lado por arte de magia. A él le sobraban mis amistades… únicamente deseaba pasar sus minutos conmigo… junto a mí… sin intromisiones. De nuevo accedí sin enterarme a sus deseos.

Al alcanzar la veintena empecé a notar que mi amado tenía demasiado apego hacia su madre. Aquella mujer me despreciaba, me envidiaba, aprovechaba cualquier ocasión para torturarme psicológicamente. Pensaba que yo pretendía arrebatarle a su hijito… me veía como un insecto al que aplastar. No había día que mi intento de acercamiento hacia ella no me fuese devuelto con su mejor humillación. Si la saludaba me ignoraba, si trataba de llevar una mínima conversación con ella… me apuñalaba con un comentario hiriente. Quería que fuese mi segunda madre… pero… frente a mi tenía a mi peor enemigo.

Cuando contrajimos matrimonio fue aún peor. Mi marido me trataba con una superioridad y una frialdad inhumanas. Lo único que quería de mi era mi servicio como empleada del hogar y el dinero fruto de mi trabajo que se evaporaba al posarse en sus manos. Yo asumía cada vez más responsabilidades esperando a que un buen día el supiese valorarme… nunca lo conseguí.

Nada de lo que yo fuese capaz de hacer poseía la medida ni la perfección que mi media naranja deseaba. Todo lo hacía mal.

Después de parir mis hijos en soledad, me vi aún con una responsabilidad mayor. S i nuestros niños cometían una fechoría… dicho comportamiento se debía a mi incompetencia en mi papel de madre.

No tarde en caer en una profunda depresión… con treinta años estaba convencida de que era una mierda, incapaz de hacer feliz a nadie, ni siquiera a mí misma. Aquel bastardo me redujo a la nada.



Al crecer mis hijos desperté de mi letargo. Mi situación no podía ser normal… no era posible vivir una vida deseando únicamente la muerte. Mis chicos me hicieron abrir los ojos… entender que esa serpiente me inoculo el veneno de la depresión en las venas con el sadismo propio de un psicópata.

Sin embargo… no fui yo quien lo abandono. Mi hijo menor no pudo seguir contemplando aquella humillación y en el ataque furibundo de una de nuestras discursiones diarias lo obligó a dejar este mundo… como se merecía… destazado como un cerdo.

Destrozó su vida para regalarme a mí una nueva. Jamás se arrepintió… para él lo que hizo era cumplir con su deber como hijo… algo inexcusable… la única salida. Juzguen ustedes al malo de mi historia… ¿Quien roba a un ladrón…?

No hay comentarios: