martes, 15 de enero de 2008

Una jornada movidita.

El pasado jueves 10 de enero de 2008 pase los minutos más agónicos de mi vida en lo que iba a ser una actividad para recordar. Amanecí con una ansiedad desbordante… tenia que defender un país.

Me explicaré… Aquel día mis compañeros de clase y yo teníamos que escenificar un simulacro del Consejo de las Naciones Unidas para la asignatura de Relaciones Internacionales. Cada grupo de dos o tres alumnos defendía a uno de los estados miembros en el problema del programa nuclear de la República Popular Democrática de Corea del Norte . Yo protegía los intereses de Ghana, la nación con el Oscar a la mayor pobreza en todo el territorio mundial.

A las tres de la tarde no podía hacer nada, mis manos temblaban tanto que ni siquiera podía teclear en el ordenador, sostener un vaso de agua o pintarme los ojos para la ponencia que se aproximaba provocándome una angustia solo comparable a la producida por un examen final de química de segundo de bachillerato. Correteaba por toda la casa, dando vueltas de aquí para allá. Me golpeé dos veces en la misma rodilla, me lleve por delante el toallero del baño, me comí toda la casa… en fin… un desastre.

Cuando al fin conseguí vestirme con lo primero que pillé que no rompiese el protocolo me dispuse a salir de casa. Para una chica que ama los vaqueros dos tallas más grandes sobre todas las cosas enfundarse un vestido de noche negro con un jersey del mismo tono por debajo y unas medias a juego es… ¿cómo lo diría finamente…? Un suplicio. Cuando entre en el autobús y pedí un billete el conductor me preguntó… ¿ vas a la universidad? ¡Genial… aún no me sentía suficientemente marciana… Gracias!

Al llegar junto a mis compañeros me sentí aliviada, todos estaban muy bien vestidos, elegantes. Nadie vestía de sport. Además la ropa negra siempre me ha hecho sentir fuerte, llena de confianza y ese día podía lucir el estilo gótico de mi interior de una manera discreta. Claro que… ni siquiera eso me salvó de esa situación.

Todos sentados en el intimidatorio paraninfo de la facultad de Medicina esperábamos a que el teatrillo comenzara. Mi pulso no era precisamente el ideal para robar panderetas, a duras penas soportaba mi propia respiración, mi piel chorreaba… solo con el río que fluía de mis manos podría acabar con el problema de la sequía en medio mundo. Tania y Alaina…con quienes formaba equipo… trataban de tranquilizarme con el clásico… no pasa nada… va a salir bien. Ambas fueron encantadoras.

Colocadas las diversas delegaciones nacionales por orden alfabético… el Consejo del terror dio comienzo. La cosa iba bien, mis compadres se sucedían en perfectas intervenciones hasta que el dichoso micrófono empezó a causar estragos en forma de eco.

Me llegó el turno de hablar… una voz digna de un taciturno sacerdote oficiando un solemne funeral brotó de mis labios. Mi mano derecha sufría un episodio agudo de Parquinson mientras sostenía el primer micrófono vibrador de la historia del Periodismo. Leí un discurso interminable de tres minutos que me parecieron ocho días con sus respectivas noches y sudando respiré aliviada… se acabó- pensé.

Pero el turno de replica me esperaba como el fatal desenlace de una hora de tensión extrema. Corea del Norte, Estados Unidos y Rusia discutían una solución beneficiosa para la colectividad en el conflicto coreano. Francia actuaba de mediador, el resto de países parecíamos invisibles.

Al fin por iniciativa del resto de mi delegación me decidí a expresar el parecer de Ghana en aquel inmenso anfiteatro de madera que se asemejaba al Congreso de los Diputados. Los nervios me volvieron a jugar una mala pasada y nombré exactamente al territorio que había pensado no mencionar justo antes. No hay duda de que mi naturaleza tímida no era muy compatible con las cámaras que me enfocaban.

El acto concluyó y el grupo entero nos hicimos una foto con nuestra profesora Leire. El ambiente se volvió distendido. Aquella hora fue muy positiva, interesante, emocionante a más no poder y una experiencia inolvidable. Desde luego, debe repetirse.

Aunque esta práctica de la oratoria era necesaria porque las aptitudes ante los objetivos son vitales en nuestra futura profesión… hay que entender que es difícil para unos chiquillos controlar la intimidación que producen los mismos. En mi caso el diagnostico es… un aplastante miedo escénico.

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