Mi memoria intenta retroceder… volver a aquella noche de un primaveral 29 de mayo de 1990… recordar como ocurrió.
En el salón de mi casa… mi hermano trataba de enseñarme como los tubos de su “Cheminova” se llenaban de líquidos de colores. Hacía mucho tiempo que no jugaba con ese juego y esa vez fue la última.
A mis cuatro añitos yo miraba maravillada como los fluidos mágicamente se desplazaban por aquellas cañerías de plástico. En la alfombra color grana descansaba un quemador de metal. Tenía dos rebordes y era redondo, en su centro una llamita resplandecía como un fatal destello que simbolizaba el fatuo destino que esperaba a mi familia.
La existencia del destino siempre ha sido algo que he mirado con gran escepticismo. Sin embargo, aquel día todo parecía responder a la voluntad del mismo. La lavadora nueva inundó la cocina trasladando a mis padres desde el salón en el que solían estar, hasta allí. Yo llevaba puesta una bata de pirineo que ya nunca me ponía. Esa prenda fue una antorcha excepcional. Mi hermano sintió el deseo de jugar con un aparatejo que había pasado a ser un trasto olvidado varios años atrás. Y para colmo una botella de colonia infantil de litro se cayó inexplicablemente…yendo a parar justamente sobre el mechero desde una elevada y lejana balda de la habitación.
El contacto del alcohol con la llama propició un inmediato lanzallamas que me alcanzó. El desesperado grito de mi hermano advirtió a mis padres que intentaban apagar el fuego que ascendía por aquella bata de pelillo. Esas lenguas del infierno ascendieron hasta mi pelo y me hicieron pasar unas vacaciones pagadas en la unidad de quemados del hospital de Cruces. Allí volví a nacer.
Los médicos mantuvieron una actitud inmejorable conmigo y mi familia. Con quemaduras de máximo de gravedad en el 16% de mis carnes y de primero y segundo grado en la cara y otras partes de mi cuerpo, abandoné Cruces para llevar a cabo una rehabilitación que me mantuvo anclada a una cama durante nueve meses. Unas mayas de presoterapia alemanas que me acompañaron durante doce años hicieron milagros con mis cicatrices.
A pesar de que esto hundió a mi familia y cambió levemente mi vida… he de reconocer que fue una experiencia más positiva que negativa para mí pues ha fortalecido mi carácter, me ha enseñado que se puede ser feliz siendo algo diferente. Todo ello... sin impedirme una infancia feliz.
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
No hay comentarios:
Publicar un comentario