A menudo oímos en la calle, en los medios de comunicación, en las bocas de las personas que nos rodean… la pobreza que asola a los países comunistas: Rusia, Cuba, etc, etc. Sin embargo, todo el mundo parece olvidar la pobreza que sufren muchos de nuestros compatriotas.
Mientras algunos se van de compras a Giorgio Armani, adquieren estupendos Porsches, Lamborginnis, los famosos Ferrari o los ya tan extendidos Mercedes Benz… Otros intentan sin éxito comer ese día o mal dormir sobre un par de cartones. ¿A quién le importa?... La respuesta está clara… a nadie… o mejor dicho a casi nadie.
Un familiar muy cercano me dijo una vez: “Para que unos vivan bien, alguien tiene que vivir mal… y la verdad me da igual”. La susodicha afirmación demuestra el egoísmo repugnante de una gran parte de la sociedad.
A la gente “de bien” no le interesa lo más mínimo el sufrimiento de su prójimo. Sus ansias de futuro se reducen a codiciar objetos banales, a adscribir a sus cuentas bancarias ceros y ceros, incrementando su tiranía, aumentando su carencia de humanidad, su indiferencia, indolentes ante la miseria y la injusticia que les rodea.
Se critica excesivamente el comunismo, se habla de la paja del ojo ajeno sin ver el gran tablón que ciega el nuestro. Tal vez deberíamos aunar nuestros esfuerzos en crear un sistema económico justo en lugar de echar las lenguas viperinas a pacer.
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