Eran las dos y veinte de la tarde de un soleado día tres de julio del año 2006. Sumida en la infernal temperatura madrileña tan habitual en esas fechas me disponía a transportar mi equipaje hacia el autobús que me llevaría de vuelta a mi Cantabria natal tras un fin de semana de vacaciones.
La estación se encontraba a rebosar, la gente corría cargada de acá para ya. Yo empezaba a familiarizarme con la vida de una mula de carga, mientras arrastraba el excesivo conjunto de maletas que había llevado para solo tres días en la capital de España.
Cuando al fin subo a ese enorme trozo de metal, incomodo donde los haya, miro a mi alrededor y solo veo un pobre grupo de pasajeros colocados como sardinillas picantonas en una lata sumamente enana. Entre ellos destaca lo que parece ser un híbrido entre hombre- mujer. Más tarde, descubro que es una mujer… pero con un concepto de la depilación facial de lo más… dejémoslo en particular.
Transcurren dos horas y media y tras una sesión de cine de calidad… tan típico en los buses… ¿seguro que conocen la película, es princesa por sorpresa… segunda parte…por fin realizamos la parada de turno en un área de servicio cercana a un pueblecito muy mono llamado Lerma.
Hay veinticinco minutos de descanso y lucho con los presentes en la cafetería, la victoria en forma de apetitoso bocadillo de tortilla y Coca-cola ya están en mi poder. Me siento a degustar el botín, el megáfono de la sala no para de torpedear los avisos a los pasajeros para que se dirijan a sus respectivos autocares, yo seguía absorta en mi paraíso gastronómico particular. Cuando culmino de experimentar mi éxtasis místico al más puro estilo San Juan de la Cruz… decido salir hacia la explanada, acabo de oír nombrar a mi vehículo en el trasto ese.
Subo, me siento. ¿Juraría que me sentaba algunas filas atrás? ¿ dónde diablos he metido mi mochila?. Un escalofrío recorre mi cuerpo… ¿ Señora, este autobús va a Santander verdad?- No, este va a Madrid, el de Santander marchó hace rato.
Aaaaaaaaaaah!
Mis maletas van camino de Santander sin mí, corro a la recepción, le explico el caso a una señorita muy simpática que hace una llamada para que mis maletas sean rescatadas y almacenadas en una oficina de la estación de mi destino. Me explica que tendré que esperar al próximo bus, para que este me acerque hasta allí.
Vuelvo al bar, trato de llamar con mi móvil a casa, casualmente se ha quedado sin batería… motorola tenía que ser. Finalmente logro llamar a mis familiares y explicarles la situación, es decir, me hipoteco en una cabina cochambrosa solo para que mis seres más queridos me pongan verde.
Transcurren cinco horas, hasta el momento, lo único que he hecho es gastarme casi la totalidad del dinero en todas las chucherías del área de descanso para entretenerme y calmar los nervios.
Ya es de noche, las diez y por fin aparece ante mis ojos el esperado ente salvador: el autobús de un equipo de fútbol juvenil de tercera, con mamás entusiastas y un Papá Noel entrenador. Con este pintoresco grupo de acompañantes, llego a las dos de la mañana a la estación de Santander tras haber hecho un sinfín de paradas en pueblos que conocían sus habitantes y cuatro o cinco personas más en todo el planeta.
Allí me esperan mis maletas... y lo que es peor... mi padre con un discurso sobre su tema favorito: "Gema... eres un desastre." Durante el camino... "mi erudito progenitor..." sigue con su parlamento, sin darse cuenta de que yo... sencillamente no le estoy escuchando. Solo puedo pensar en la aventura vivida...increíble pero CIERTA.
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