martes, 23 de octubre de 2007

Una paliza disfrazada de deporte

Son las ocho y media de la tarde, me dirijo a mi últimamente poco frecuentada clase de kickboxing, una actividad estupenda… si se practica con sentido común.

Comenzamos con un leve calentamiento muscular y alguna que otra coreografía de golpes sencillos, por ejemplo un par de directos y un crochet, sucesiones de loukis (patadas usando la tibia como artífice del golpe), japs, etc.

Hasta el momento todo marcha bien, nadie está demasiado cansado ni maltrecho. El problema de esta disciplina es que te pueden agredir solapádamente.

Ensayo con cuidado cada golpe para no dañar a mi compañera pero… ella hace más bien lo contrario. Pronto me empiezan a doler las piernas, algún que otro grito se escapa de mis labios. Trato de explicarle que debe tener cuidado… que me duelen mucho sus mamporros. A pesar de esto sus impactos no son ni siquiera un ápice más moderados.

Continua atacándome ferozmente… no mide su fuerza- pienso. Prosigo con mis ejercicios hasta que no lo aguanto y me voy alegando tener trabajo que hacer, lo cuál es cierto.

Ya en casa siento en mi cuerpo los estragos de la paliza que he permitido que mi amiga me dé. Reflexiono sobre ello y me planteo: ¿Controla o no la intensidad de sus ataques?. Los primeros hematomas aparecen casi instantáneamente sobre mi piel, magullada escribo estas líneas.

Probablemente tenga que abandonar lo que puede ser una interesante distracción, inofensiva y divertida, por la gravemente inquietante brutalidad de otra persona. ¿Qué les parece?

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