Son las ocho y media de la tarde y el vil transcurso del tiempo ha derrotado a Cristina. Arrastrando los pies, asciende los peldaños del portal para llegar al piso que comparte con dos amigas. Ellas están sentadas ante el televisor comiendo patatas fritas, ¡ que suerte tenéis!- piensa. Yo ni siquiera puedo disfrutar un yogurt sin sentirme culpable- continua torturándose.
Resignada se encierra en su habitación y se cambia de ropa. Quitado el disfraz que enmascara su demacrado aspecto, sus huesos... resurgen horriblemente al ojo humano. Mira al suelo, está lleno de pelos desperdigados, se ven al primer vistazo. A pesar de las vitaminas... su lindo cabello pelirrojo continua abandonando el barco.
Saca su bascula digital... como cada maldito día de su trágica y anodina existencia. Sus últimos atracones en un vano y fugaz intento de salir del oscuro abismo en el que se precipita segundo a segundo, han hecho que su carne aumente de 40 a 41,8 kilogramos. Cristina quiere morir, desea dormir de una vez por todas, sencillamente descansar de la tiranía y la tortura que su cerebro infringe a esos 168 cm de dolor que conforman su ser.
Helada de frío se acurruca bajo sus tres edredones, ya no llora, ¿de qué serviría?, odiándose a sí misma recuesta su frágil cuerpo hasta la agonía siguiente, suplicando, rogando mentalmente a quien quiera que escuche... dejar de respirar de una vez para siempre.
Cristina tiene muchos nombres... no seas uno de ellos. Apuesta por vivir.
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