martes, 30 de octubre de 2007

EL ÁNGEL ERRANTE:

Una vez conocí a un ángel, era de Bermeo. No tenía alas, pero su luz iluminaba todo lo que le rodeaba, cada cosa que tocaba, a cada persona que amaba. Sus cabellos eran fuertes hebras de plata que rodeaban su rostro, sus manos… muy grandes podían coger el mundo en un solo gesto, su semblante algo ceñudo se traicionaba constantemente por el brote de una sonrisa.

Contaba sus aventuras en barcucos pesqueros que surcaban las olas en busca y captura de los hijos del mar. Aferrado a las aguas, a la prolongación del cielo del que nació, transcurrió nostálgico durante años viendo sucederse luz y oscuridad, sol y luna… hasta la mañana que decidió adentrarse entre los hombres.

Descubrió el amor en una fémina con nombre de reina y ya jamás pudo separarse de ella. Dedicó su vida a cuidarla, a servirla, a satisfacerla… pero sobretodo a quererla. De la unión de sus raíces brotó su árbol familiar.

Los años corrieron velozmente y el ángel fue llamado por Dios a abandonar la Tierra. El amanecer de un triste trece de abril, de pronto desapareció, pero las semillas de cariño que sembró pervivirán siempre en nosotros. Nos volveremos a ver abuelito.

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