lunes, 5 de noviembre de 2007

DANZANDO POR LAS CARRETERAS BILBAÍNAS

Llegan las dos y media y ya estoy en la parada, he llegado corriendo y trato de que mi respiración vuelva a la normalidad. Apoyada en la marquesina acristalada toso y toso agitada, cualquier día… me da un infarto de miocardio. Hay que reconocer que estas carreritas tienen su emoción.

Mientras termino de vestirme adecuadamente… él hace su entrada triunfal. Era rubio, vizcaíno, grandullón… se llamaba… Bizkaibus. Un autobús amarillo, tremendamente largo, con un deslumbrante muelle gris que le sirve de cintura y le permite realizar giros y quiebros solo superados por Farruquito.

En cuanto me subo puedo percibir un calor tremendo, procuro sujetar bien mi carpeta a la vez que busco un lugar al que asirme. El conductor mete primera y la música empieza a sonar. Mi amiguito se acelera, se acelera y yo me bamboleo entre el gentío que bailaba de un lado a otro, de barra a barra, intentando no acabar el baile besando el suelo. Llega la autopista y volamos aun más, esquivamos coches, deslizándonos al ritmo de los cuarenta principales.

Todos tratamos de sobrevivir en esta danza de la muerte, algunos ya se han espanzurrado contra la pista o un cristal vecino. Quienes quedamos en pie asistimos a adelantamientos frenéticos, curvas exageradas y otras maniobras imposibles.

Se acerca el final del baile y una glorieta que anuncia “unibersitatea/ universidad” es la pirueta final de una coreografía potencialmente temeraria. Pocos metros después, la música se detiene y lo que queda de mi cuerpo desciende con el resto de mis compañeros hacia nuestra amada UPV

No hay comentarios: