El cinco de agosto de 1939 el cementerio del este de Madrid se tiñó de un rojo brillante, denso, puro, pero sobretodo completamente inocente. Trece jovencitas imploraban al cielo “Padre aparta de mi este cáliz”, sus ruegos inútiles se marchitaron entre las arenas y hierbajos del camposanto, asesinadas peor que animales, salvajemente ejecutadas por un grupo de alimañas que gozaban imponiendo el terror a su paso, obligando a sus semejantes a pensar su voluntad.
Cantar estupideces y levantar la pata por las esquinas constituían el deporte nacional. En las iglesias y en las escuelas el demonio enrojecía por momentos, vestía bandera republicana y en lugar de tridente portaba hoz y martillo. Las ideas propias constituían una enfermedad cuyo tratamiento consistía en la vejación, la humillación más absoluta acompañada de un martirio extremo. Si la afección no sanaba… la persona se convertía automáticamente en cordero para el sacrificio.
Entre el pánico general un grupo de querubines, sacaron el valor suficiente para movilizar sus aún algo infantiles cuerpecillos en virtud de la libertad. Aquellos angelillos no llegaron a cumplir su misión… un grupo de horribles rapaces, águilas negras cuya fealdad solo era superada por su insensibilidad… se cernió sobre ellos, desgarró su piel que cayó al camposanto en forma de pétalos de rosas rojas.
Este hecho… es únicamente una de las atrocidades que múltiples años bañaron con sangre inmaculadamente limpia las calles españolas. Una vergüenza que pervive ensuciando los territorios en los que vivimos… una impiedad que la memoria histórica debe recordar, para así evitar… que actos deplorables como estos… se repitan.
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