Sus padres fueron Rousseau y Goethe… eran personas especiales, diferentes a la mayoría. Para ellos… el sentimiento primaba sobre el frío raciocinio… una sola idea tenía el poder de cambiar el mundo… la naturaleza era un Edén, pleno en belleza, objeto de absoluta admiración.
A veces sus mentes portaban un cierto hastío por su alrededor, poseían gran energía que en muchas ocasiones arrojaban contra quienes rodeaban su halo de ensoñaciones diversas. Su marcado carácter impulsivo podía llevarles incluso a la autoagresión.
Gustaban de la arquitectura gótica. Eran buscadores incansables e insaciables de la libertad que tan desesperadamente necesitaba su alma. Amaban los paisajes tormentosos, pues estos reflejaban a la perfección el sufrimiento… la continua mortificación de sus corazones destrozados… demasiado frágiles para su gélido entorno.
Capaces de terminar con su existencia por un amor… por un frenesí pasional más grande que ellos mismos. Incomprendidos y constantemente atormentados por sus mentes vagaban errantes y ensimismados soñando personajes grotescos en escenarios tétricos.
Sus cuerpos recorrieron la Tierra en el final del siglo XVIII, para abandonarla tras el inicio del XIX, sus espíritus, en cambio, aún perviven en la actualidad, tratando de hallar la emoción en un universo cada segundo más insensible. Los románticos… entes centenarios que todavía hoy respiran dentro de unos pocos… quienes tal vez no heredemos su talento pero…desde luego… sí portamos su sentimiento.
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