La familia puede ser una bendición… o una estrepitosa decepción. A consecuencia de las festividades navideñas, estos últimos meses se exaltan los valores familiares. Las “pequeñas diferencias” han de quedar atrás en aras del amor fraternal.
Cuando somos niños nuestras relaciones familiares acostumbran a ser idílicas, salvo excepciones claro está. A medida que crecemos, dichos vínculos suelen degradarse… en ocasiones hasta un límite aplastante.
La causa primordial de la decadencia en el clima familiar suele ser el sucio dinero. Basta con que haya una cantidad mínima del vil metal en juego para que tu más querido hermanito se convierta en Judas Iscariote. Ante treinta monedas de plata ya no hay madre, ni padre, ni hermanos…
Otro motivo para la ruptura familiar es el egoísmo. A medida que los miembros de la familia se hacen mayores y se independizan, comienzan a anteponer sus propios intereses a los del conjunto, esto es algo normal hasta cierto punto. El problema llega, en el momento en que una o varias personas de la familia, sólo buscan su propio beneficio sin tener en cuenta en ningún momento los sentimientos ajenos, pisando la cabeza de sus seres queridos en la avariciosa persecución de su bienestar.
El paisaje que queda de la familia es el de un grupo de enormes cuervos negros peleándose por el trozo más grande y jugoso de carne muerta. Pero… ¡es Navidad!… así que nos juntaremos todos y celebraremos lo mucho que nos queremos, hasta que alguien beba un poco y salgan a la superficie las heridas que perduran sangrantes bajo un grueso manto apostillado de hipocresía.
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