Anhelo aquellas noches de estudio. En la mesa, golosinas…la cafetera llena, el botellón de coca cola…las latas de Red Bull… cafeína en estado puro y sobretodo una gran montaña de apuntes, resúmenes y hojas en sucio. Las dos de la madrugada era la hora ideal para empezar, en mi casa por fin había silencio, todos dormían… y mi cerebro despertaba entonces, más brillante que nunca, rápido, eficaz.
Con un pequeño aparatito, hoy conocido por todos como MP3, conectaba mi interior con melodías cantadas en ingles… de ritmos vertiginosos para acelerar mis nervios aún más. Erróneamente, solía pensar que el hecho de que mi organismo estuviese hiperactivo causaba más efectividad en mi aprendizaje. Desde luego… me equivocaba.
Pero lo que otorgaba magia a aquellos ratos eran los escasos minutos que descansaba mirando el transcurrir de la noche. Primero en mi pequeña ciudad natal, Santoña. Posteriormente en los verdes parques de Txurdinaga, que desde la ventana del salón de estudio de mi residencia, se vislumbraban majestuosos.
Con música lenta esta vez… me tomaba un par de momentos, permitía al negro manto nocturno que me arropara. Amaba sobremanera esos instantes fugaces en los que divisando las calles desiertas… reflexionaba sobre el cauce del río que conformaba mi vida. Extrema y eternamente melancólica, enamorada de la oscuridad y de la soledad que el paisaje me regalaba. Sola con mi siempre fiel amante… la noche.
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