martes, 18 de diciembre de 2007

Una barbarie sádica y bochornosa

Aún no entiendo el porqué de lo que me hicieron. Yo era un toro joven que deambulaba majestuoso dentro de su cercado, feliz, disfrutando del sol, refrescándome con la lluvia, gozando la brisa que rozaba mi negro pelaje de brillante azabache. Hasta aquella noche.

Un camión llego veloz a la finca, dos señores me metieron en el interior del vehículo a empujones. Aquel trasto empezó a moverse, estaba oscuro. Yo no podía entender nada de lo que estaba ocurriendo, ni en mi peor pesadilla hubiese imaginado lo que ocurrió después.

De pronto aquel furgón enorme se detuvo, forcejeando… me sacaron de allí y me encerraron en un zulo minúsculo, no había luz alguna. Mi respiración se aceleraba por instantes, el terror me invadía… ¿y si nunca me sacaban de ahí?

Pronto llegaron dos hombres muy fornidos y comenzaron a apalearme, primero el uno, luego el otro, una y otra vez. Las patas me fallaban… me golpearon durante tanto tiempo que a penas podía sostenerme en pie. Luego se fueron, abandonándome de nuevo al terror y a la oscuridad.

Allí transcurrí varias horas, agotado, esperando desesperado un milagro que me devolviese a mi amado campo. Un milagro que jamás llegó.

De pronto, un hombre con un gran arpón de puntas aceradas apareció ante mí, habían abierto una puerta en mi cuartillo de tortura y una luz intensa me cegaba, quería ver lo que tenía delante pero era imposible. Estaba histérico, no sabía que hacer, como escapar de allí. Sentí de repente una punzada horrible que me atravesó el lomo, casi me desmayo, tuve la sensación de que mis fuerzas me abandonaban.

Por fin vislumbre la salida, exhausto… saque fuerzas de donde pude soñando con escapar. Fui a parar a una especie de anfiteatro de arena. Corría y corría, en la más absoluta desesperación luchando contra el dolor, buscando un lugar que me permitiese salir de aquella película de terror en la que me hallaba inmerso. Daba vueltas y vueltas en círculos… no pude huir.

Antes de que mi piel se hubiese aliviado de mi anterior herida… otra figura grotesca se presentó delante de mis ojos. Esta vez, portaba una inmensa lanza. Sin el más mínimo atisbo de piedad me apuñaló por la espalda, justo al finalizar el cuello. Sentí como el metal atravesaba mi carne, unos quince centímetros… hasta perforarme un pulmón.

No contento con esto, aquel infame me apuñaló de nuevo, esta vez en el costado. La sangre de mis venas brotaba sin cesar, como un torrente de lava en un volcán en erupción. La gente jaleaba y reía mientras yo me desangraba, agitaban pañuelos y gesticulaban exageradamente. Cada vez que aquellos hombres desgarraban mi carne, el populacho allí presente estallaba en gritos de gozo, en risas… en júbilo. ¿Cómo pueden estas personas disfrutar tanto con mi sufrimiento? ¿Cómo una tortura tan aberrante puede provocar una carcajada general… un alborozo semejante?

Mi dolor era tan intenso que solo deseaba morir, descansar de una vez, dejar de sufrir sin motivo.

Otro puyazo fue a parar en mi hocico, seguido de otro más que recayó en mi maltrecha espalda. Cuando ya soñaba con el descanso eterno, un idiota comenzó a agitar un trapo cuyo color no alcanzaba a ver con claridad. Se burla de mi… pensé. Yo derramaba mi sangre por la arena, avanzaba hacia él… pero cuando iba a rozarle me esquivaba haciendo aspavientos riéndose cruelmente de mi sufrimiento. Toda una plaza se lo pasaba en grande con mi padecer.

Un hombrecillo me clavo entonces dos arpones más de unos seis centímetros, hincándolos fuertemente en mi carne desgarrada. ¿Hasta cuando voy a sufrir? ¿Cuando terminará todo?

Mi sangre teñía aquella plaza, el sufrimiento de mi inocente cuerpo superaba todo lo imaginable. El imbecil del trapo, se acercó a mí esta vez con una espada… con ella me atravesó desde la espalda hasta la tripa. El gentío estalló en vítores más fuertemente que nunca. Si hubiese sido capaz de gritar de dolor, mi clamor haría surgir en la tierra el infierno… lograría abrir el cielo en dos.

Por fin me desplome sobre aquella arena teñida de rojo escarlata y abandone este mundo sin entender porqué. ¿Qué hice para merecer esa tortura? Tras cortar mis orejas… tiraron mi inocente cadáver en una pila. Sólo fui un número…un… toro muerto más. Otra víctima del sadismo humano.

No hay comentarios: